El Coliseo parte I

El Coliseo parte I

El Coliseo romano fue llamado así mucho después de ser clausurado por una estatua de Nerón gigantesca (“El Coloso”) que había mirando a la fachada occidental del edificio, último vestigio del palacio de oro que el emperador edificó, la Domus Áurea. Subir tantísimo los impuestos a los ciudadanos para corregir al agujero deficitario del tesoro romano provocó revueltas, descontento e ira, y Nerón se vio abocado al suicidio. Fue entonces cuando se hizo el caos y se sucedieron nada menos que cuatro emperadores.

 

Y fue el turno de Vespasiano. Vespasiano, nada menos que un general de Nerón que a la postre fue desterrado por el emperador cuando se durmió en uno de sus “recitales” de canto. En el 66 d.C. acude a Jerusalén a sofocar la Revuelta Judía, misión que completaría su hijo Tito más adelante, y fue aclamado por las legiones como el nuevo emperador. Dicho y hecho: nada más llegar a Roma encuentra a una plebe insatisfecha, rebelde, con el recuerdo muy nítido de los motines que se produjeron tras la muerte de Nerón, y que sólo quería paz y mucha diversión. Vespasiano, que había reunido algunos dinerillos tras la venta de los prisioneros judíos como esclavos y el saqueo del Templo de Jerusalén, financia la construcción del Anfiteatro Flavio (su auténtico nombre) y todos se ponen manos a la obra.

Fue todo un desafío para los constructores antiguos que superó todas las convenciones griegas y su gusto por la arquitectura adintelada con elementos que asimilaron de los etruscos, como la bóveda de cañón y el arco de medio punto. Todo ello, aplicado por los ingenieros romanos, les dio alas a sus edificios, exentos, pudiendo así elevarse por encima de las obras de civilizaciones vecinas con un sentido pragmático impecable.

Para transportar la piedra que permitiría construir el muro exterior hubo que edificar una calzada especial, por donde doscientos carros de bueyes transportaban bloques de dos metros y medio por uno desde Tívoli. Una roca que también se usaría, muchísimo más tarde, para levantar la Basílica de San Pedro. Además de 3000 metros cúbicos de piedra para la fachada, se usó también hierro para pequeñas vigas, sólo (¡!) 300 toneladas, además de ladrillos rojos (terra cotta), travertino, toba y demás.

Y había grúas y todo, que elevaban las piezas a su sitio después de que un buen grupo de esclavos usara un sistema de poleas y cuerdas, enroscando una especie de aspas de molino. O al menos eso ilustra la lápida de uno de los contratistas.

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