El Partenón

“Un caso maravilloso ocurrido mientras se construían dio indicio de que la Diosa, lejos de repugnar la obra, tomaba parte en ella y concurría a su perfección. El más laborioso y activo de los artistas tropezó y cayó de lo alto, quedando tan maltratado que le desahuciaron los médicos. Apesadumbróse Pericles, y la Diosa, apareciéndosele entre sueños, le indicó una medicina con la cual muy pronta y fácilmente le puso bueno. Por este suceso colocó en la ciudadela la estatua de bronce de Atenea Higía junto al ara, que se dice estaba allí antes. Fidias hizo además la estatua de oro de la diosa, y en la base se lee la inscripción que le designa autor de ella”

Plutarco, Vida de Pericles.

En 1687 una explosión hizo retumbar toda la vieja Atenas y levantó una enorme humareda que pudo verse en varios kilómetros a la redonda. Un polvorín poco habitual había saltado por los aires gran parte de su estructura, y eso podría pasar desapercibido si se tratara de cualquier edificio militar de poca monta y argamasa…pero tal polvorín otomano se llamaba Partenón.

Ah, el Partenón, el templo sagrado de la diosa de la guerra inteligente y estratégica, de la sabiduría, la eterna Atenea virgen, guerrera y tejedora. La obra maestra del siglo V antes de Cristo, cuya idea original fue propuesta por el arquitecto Ictinos (que incluso escribió un libro ya perdido sobre las técnicas empleadas para levantar la mole) y fue ejecutada por Calícrates, Carpión y él mismo bajo la estricta supervisión del adorado y ambicioso escultor Fidias, que diseñó la estatua de la diosa que se alojaba en su recinto-casa, de doce metros de alto, en oro y marfil, con piedras preciosas como ojos y un bello estanque de agua frente a ella, que no podía faltar.

Un templo de planta rectangular de casi 70 metros de largo (69’50 x 30’85 m), más ancho de lo habitual y de anormal distribución de habitaciones, construido íntegramente con el mármol más famoso de Grecia: el de las canteras del Pentélico, la única roca de blancura uniforme que brillaba como un rayo al sol. Cortado en sillares rectangulares y en tambores exclusivos para las columnas dóricas, macizas, con vástagos de plomo como “grapas” era traído por los esclavos desde las faldas del monte día sí y día también bajo el mando político de Pericles, en pleno auge hegemónico de Atenas. La verdad es que para esa época no era común hacer un templo totalmente de mármol en la Grecia continental, aunque sí en Jonia y las colonias.

No creamos que los templos, los bajorrelieves y la estatuaria helénica era sosos o carecían de color, sino todo lo contrario. El friso, las metopas y los triglifos, así como la estatua gigantesca de Atenea Partenos, estaban pintados con vivísimos colores, ahora diríamos que eran incluso chillones. Azules intensos como el mar Egeo, rojos, dorados fuertes. Nada de piedra desnuda “clásica”, como se suele entender. Es una pena que muchas de las piezas decorativas hayan sido destruidas por la censura cristiana y musulmana (el Partenón, en su longeva existencia tratando de sobrevivir, fue una iglesia bizantina y una mezquita turca) y tanto parte del friso como los dos frontones hayan sido robados (así de claro) por el lord británico Elgin, que luego los vendió al British Museum, un lugar muy ominoso donde “los especialistas” les quitaron la policromía a las piezas a base de limpiezas absurdas y ahí siguen, a pesar de las reiteradas peticiones del gobierno griego para que sean devueltas.

A pesar de todo y aunque el Partenón sea contemplado como un templo canónico del arte griego clásico por antonomasia, lo cierto es que fue una obra que rompió todos los esquemas de manera revolucionaria. Claro, hay antecedentes como el llamado “Prepartenón”, un templo dórico que graciosamente se estaba edificando en el mismo sitio en el que luego se haría el Partenón cuando en 480 los persas irrumpieron y lo incendiaron hasta los cimientos para humillar el orgullo y la piedad ateniense. De este modo, el Partenón fue una especie de reconstrucción a lo grande para agradecer por la victoria a Atenea, la patrona de Atenas, y también con vistas a conservar la estatua de Fidias, la Atenea Partenos, en un recinto decente. Y para más inri, se buscó engrandecer la estatua de mil maneras (con lo grande que era), ya fuese agregando dos filas de columnas de distinta altura para que pareciera mayor, haciendo la fachada mirando al Este para que en el alba los ojos de la diosa brillaran e iluminaran la estancia, etcétera. El deambulatorio en forma de U que crean las columnas alrededor de la estatua es de lo más imponente.

A diferencia de las iglesias, las sinagogas o las mezquitas, en los templos griegos se rezaba por fuera, el público no tenía porqué entrar al interior a no ser que desearan ofrecer sacrificios o dinero en la pronaos (vestíbulo que antecede a la cella, o lugar de la diosa) a las sacerdotisas encargadas de velar por Atenea. Todas esas reliquias y tesoros (y documentos importantes) eran depositadas bajo verja en la cella pero ocultas a la mirada de la gente de bien. La camarilla de sacerdotisas y doncellas vivían en una habitación reservada sólo para ellas: el opistodomos, muy reducido en el caso del Partenón a su mínima expresión. Quizá este pequeño cuarto privado de las señoritas estuviese conectado por alguna que otra portezuela con la sala de Atenea.

El Partenón representa en sus grabados el triunfo de la razón y el orden sobre las pasiones trágicas y el caos. Mirando las metopas situadas donde sale el astro rey, apreciamos escenas de la Gigantomaquia, el épico combate entre dioses y titanes que es un símil del que llevaron a cabo los griegos y los persas, representando a los últimos como bestias salvajes e inhumanas que no tienen piedad y muerden a los hombres. Arriba, en el frontón de ese lado, se aprecia a Atenea presentándose ante los dioses después de nacer – sí, como lo oís – de la cabeza de Zeus, bien formada y con peplo, lanza y escudo. Lo curioso es que el lado oriental, el este, es el primero que se ve cuando se asciende desde la Acrópolis al Partenón, o sea, es lo primero que ven los visitantes que por medio de esta propaganda comprenden la derrota de los persas crueles y bárbaros por medio de la razón calculadora, la virtud, la prudencia y las mañas atenienses que deben a su patrona. El equilibrio (Atenea) derrotando a los excesos.

La fachada oeste fue mutilada por cristianos y musulmanes por su contenido pagano y los desnudos que aparecían. ¿Qué se puede ver allí? Pues a nada menos que a Hércules en encarnizado combate contra las Amazonas. ¿Y por qué es relevante? Porque también aparece Teseo (en las metopas y en el mito que las inspira), que fue rey de Atenas. Más o menos intentaban decir: nuestro héroe fundador luchó junto a Hércules, sus hijos somos idénticos e igual de fuertes y valientes. También Teseo lucha en la guerra entre lapitas y centauros ilustrada en la fachada sur, de lejos la mejor conservada. Y en la norte, la guerra de Troya, un tema bastante recurrente y arraigado en la cosmovisión ateniense. Era un recordatorio de los tiempos pasados heroicos, gloriosos, de los antepasados.

El Partenón es octóstilo, así que posee ocho columnas en su parte frontal y 17 columnas laterales, períptero. En el exterior de una cella poco frecuente, bastante distribuida, se enmarca el Friso de las Panateneas, mostrando una procesión de las doncellas de Atenea por la polis hacia la Acrópolis, por el camino sagrado.

Como veis, un edificio impresionante que no hubiera existido de no ser por la mano de obra esclava que lo levantó. Y es que Atenas, por mucho Pericles que valga, siempre fue una democracia esclavista donde los “hombres libres” eran una minoría. Y la mitología se mezcla con la política, Teseo y Atenea se entrelazan como próceres inmortales de Atenas y justificadores de ella, como el olivo sagrado que crecía en la Acrópolis junto al Erecteion de las Cariátides. Allí, por encima de los muros, rezongaba altanera una ideología fundada en el esclavismo y la mitología clásica que pretendía comerse el mundo entero con sus obras integradas en la naturaleza y en la Euritmia, la armonía y orden entre las partes y el todo en una relación áurea y matemática perfecta de 4 a 9. ¿La medida tomada? El hombre.

Esta entrada fue publicada en Arquitectura, Helenismo, Historia del arte, Maravillas. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El Partenón

  1. dubrazkha dijo:

    toño vale le tienen q poner la fecha d contruccion

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *