Leyendas gomeras: Gara y Jonay

Las buenas historias tienen finales agridulces y no un festival de perdices. De esa astilla es la leyenda de Garajonay que se hizo popular en la región española de Canarias después de una larga tradición de boca-a-boca y comprende muchas versiones, algunas ponen a Gara como princesa de Agulo, otras a Jonay como hijo de un Mencey (gobernante guanche) , pero hoy contaré la que he escuchado más en la isla.

Jonay, un guanche tinerfeño, llega a la Gomera cruzando la fina línea marítima que separa a ambas islas subido en dos pieles infladas de cabra y cae inconsciente en la arena negra de la playa. Allí, lo divisa Gara y el resto de su clan, y lo cuidan hasta que consigue volver en sí. En ese momento el intrépido navegante queda extasiado al contemplar la belleza de la chica, de piel como la miel, y se enamora perdidamente de ella; Gara no pudo sino quedar prendada también del aspecto áspero de acantilado y monte que presentaba Jonay en su figura.

Poco a poco fueron compartiendo escenas del día a día y se les olvidó, en un despiste, que tenían que guardar las formas, pues estaba prohibido que una gomera estuviese con un extranjero (la endogamia tiene incluso hoy gran raigrambre en este ambiente isleño). Siendo demasiado tarde, la tribu que vio nacer a Gara se proclamó su “defensa” y, después de una deliberación, concluyeron que había que darle muerte al forastero.

La esperanza parecía perdida y el joven amor a punto de marchitarse en un charco de sangre y piedras, ¡pero quedaba un rayo de luz! En el centro del denso bosque ancestral existía una zona sagrada de parlamento donde la violencia era motivo de veto, un lugar neutral que era grato a los dioses. Gara y Jonay se precipitaron entre la selva, esquivando laureles, brezos, fayas y riscos con los latidos del corazón en la sien, con la fe puesta en alcanzar hierática fortaleza No fue posible. Los silbidos se propagaban en la persecusión de roque a barranco, con ecos sibilinos como serpientes y acabaron por rodear a la efímera pareja demasiado pronto.

Ellos, en la cima del monte más alto de la isla, mirando de frente al Teide, decidieron en un gesto de valentía morir juntos y no aceptar las Leyes. A pesar de todo, el chico que vino del mar quiso que su amada se salvara, “porque no es a ti a quien desean dar muerte, sino a mí, huye”. Gara no aceptó porque su único horizonte era permanecer a su lado hasta el final y así fue: sin demora tomó una estaca del suelo y, colocándola en el pecho de ambos, provocó un abrazo que perforó los corazones al unísono. Así, entrelazados, cayeron al vacío.

Por eso el bosque se llama “Garajonay” y el parque donde se halla Parque Nacional de Garajonay.

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