Relato: Las lágrimas de Cortés


-¿Llora aún el Capitán, señor?
-Pardiez, pareciera que el Lago de los mexicanos se desagua por sus ojos. Basta de lamentaciones: estamos perdiendo el tiempo y la razón, ¡esos caníbales plumíferos deben estar agrupando regimientos en masa, están ensoberbecidos por su ilusoria victoria!¡Que no caiga el desánimo, compañeros de España y el Rey! Hemos pasado a machete media selva, escalamos esa montaña de los mil demonios que llaman Popocatépetl, ¡y El Señor no nos ha fulminado! Ni siquiera esos dioses dementes que adoran los idólatras nos han puesto un dedo encima., ¡son más benignos que el Alá del Turco! Tengo la convicción en las entrañas de que todavía nuestro Destino nos pide, nos grita que continuemos caminando. Hasta el final, aunque muramos todos si así es querido.

El tono del capitán Ordás era como un ataúd abierto a mitad del paso de una bandada de cuervos. Sí, era un hombre valiente, de los más. Pero aquello había sido demasiado. Aquello. Diego sintió un escalofrío en el espinazo al recordar la noche y se negó con la cabeza a aceptar que el Infierno pudiese ser peor todavía que una masacre semejante. Desde pequeño, su padre le había inculcado los valores de la reflexión y el pesimismo. “Siempre hay que ponerse en el lugar del Cabrón”, le repetía. Y a su mente acudieron las imágenes todavía vívidas: miles de asesinos con la visión ensangrentada remando como posesos en sus canoas, empulgando los largos arcos, de flechas mortíferas, golpeándoles con porras hasta sacarles los dientes. Caras desencajadas de cuerpos retorcidos con las tripas saliéndoles amontados como sacos en el puente, ballesteros hundiéndose mientras abrazaban un canasto de oro para llevárselo al Paraíso. Alaridos sin aire, un compañero de armas extremeño ensartado en un venablo, insultos, mierda. El gigantesco Lago, la urbe en llamas y la luna mirándolo todo con su único ojo descarnado. No, ya estaba cansado y había visto, oído y sufrido más que cualquier mortal en una o dos vidas pasajeras.

-Capitán Don Ordás, vos y vuestra ambición insaciable de horizontes sois tan inseparables como un caballero y su montura-dijo Diego.- Pero no somos Alejandro ni su séquito de maricas orientales. Necesitamos urgentemente el consejo del Capitán General y yo mismo iré a solicitarlo si no os importa. Después celebraremos los funerales y, ¡se me ha ocurrido una idea! Pediremos, noblemente eso sí, a la Virgen de la Victoria que nos conceda un milagro. Ya no tenemos aliados, y sí, sé lo que vais a decir, pero con los varoniles testículos no se asedia La Ciudad-Lago de los Méxicas y menos se conquista tamaña fortaleza. Eso funciona cuando tienes un cañón apoyando tus santos cataplines, pero no es ya el caso. Si nos quedamos en Tacuba vendrán en horda y Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Tenemos, creo yo, que replegarnos a La Española o volver a nuestra querida patria como Odiseo.

Al frente de un frondoso árbol parecido a un ciprés de agua, mal sentado, con la mirada perdida en algún lugar entre el infinito y la nada, se agazapaba una figura humana, temblorosa y envuelta en un manto negro. Se había desatado la vaina que custodiaba su espada y estaba extendida en el húmedo suelo de manera horizontal. La cabeza la tenía baja y ni se inmutó cuando Diego se acercó por su flanco derecho, cauteloso y con andares que inspiraban respeto por sí mismos. Desde su espalda, abrió la boca:

-Capitán Don Cortés. Capitán General de los ejércitos de Nueva España. Vengo a presentar mis honores para vos por vuestra honrosa táctica en la huida. Fue glorioso aunque triste. Como todo.

Había un sollozo quedo que parecía salir de alguna habitación oscura, pero no, eran los llantos de Hernán Cortés, silenciosos como los pasos de un grillo. Entonces, al levantar el semblante, una lágrima resbaló por su mejilla y cayó en una brizna de hierba, internándose luego al mundo diminuto del que nadie nada conoce. Abriendo los oscuros ojos sanguinolentos que eran brasas encendidas exclamó:

-¡Vive Dios que lo intenté!

Su mano, sin querer, estaba apretando un puñado de tierra; al separar los dedos contempló una lombriz dando vueltas enojada, pues parecía que la había despertado de un cómodo ensueño subterráneo. Despacio, se levantó a duras penas y oteó de mala manera a Diego.

-¿Qué hacéis aquí si se puede saber?- preguntó mientras se agachaba a recoger el cinturón de la espada.

-Informaros, don Cortés. El contable dice que más de la mitad de las tropas. Otros, menos, pero mis entenderas me señalan que mienten. Las peores previsiones se han cumplido.

-Lo sé, yo mismo conté a los sobrevivientes uno a uno. Y los mutilados. Nuestros aliados fueron diezmados por esos diablos guerreros que se creen acaso jaguares que cazan de madrugada. Extraño los caballos de Medellín, amigo, no hay cabalgaduras que superen las extremeñas; pero ahora toca cumplir. Vamos a ir directos a Otumba cuando acabe la lluvia de hoy.

-Pero señor- replicó Diego con curiosidad-, hoy no ha caído gota alguna. Anoche fue el torrencial, no comprendo.

-Lloverá. Siempre llueve y estamos en junio. Los informantes dicen que Moctezuma II cayó en desgracia y ahora tienen otro caudillo en el poder. Está organizando todo y posiblemente envíen o han mandado ya una partida de soldadesca canalla para cazarnos como asquerosos conejos en este pantano maloliente. En todo caso, Don Diego, nos ponemos en marcha. Avisa a los que queden de que nuestra meta final es Tlaxcala, nos queda poco tiempo y están muy cerca.

Cuando el Capitán desfiló ante los caballeros, no pudieron sino cuadrarse y gritar: ¡Santiago! Subióse a su corcel y el pseudocampamento que montaron con lonas y ramas se disolvió casi al instante en una marea de señores que levantaban sus lacerantes espadas al cielo clamando venganza y sepultaron de manera apresurada todos los cadáveres que se pudieron recuperar del agua. Diego envainó su toledana justo para descubrir una gotita deslizándose por el mango de la empuñadura. Había comenzado la tormenta.

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Una respuesta a Relato: Las lágrimas de Cortés

  1. jose carlos mariategui liza dijo:

    Verdaderamente los conquistadores españoles eran gente bastante dura,por haber realizado esa tremenda hazaña de atravezar las cordillera madre oriental y occidental, verdaderamente que bravo.

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