Profecías apocalípticas



“La amenaza de una nueva edad de hielo que aparece junto a la guerra nuclear como probable fuente de muerte masiva y miseria para la humanidad”
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Nigel Calder en el Día de la Tierra. 1969.

Seamos claros: ningún meteorólogo evidentemente puede “dudar” sobre el cambio climático. La meteorología se basa en que el clima es un sistema complejo y caótico que varía conforme transcurre el tiempo y comprende pequeños y grandes calentamientos, glaciaciones, minitemporadas de fresquito, eones con una atmósfera más rica en oxígeno acompañada de libélulas gigantescas e incendios voraces y años de mayor cantidad del temido dióxido de carbono, suculentas en diversidad de la vegetación y vida. ¿Cuál es el problema? Nunca ha estado estático.

Sin embargo somos incapaces de predecir el estado de un modelo (climático, no de pasarela) porque somos cabezones y desconocemos todos los factores variables, algunos debatidos en los círculos de expertos como la influencia de las manchas solares, las divergencias orbitales o el grosor de las nubes. Vamos, sería como empeñarnos en hacer un plato típico japonés sabiendo que lleva yemas de huevo y poco más. Pero estas circunstancias no bastan para limitar a los catastrofistas que seguirán certificando el fin del mundo para 2050 o finales de nuestro siglo. En la década de los setenta se planteó seriamente que en el futuro existiría una terrorífica edad de hielo y la civilización tal y como la conocemos se borraría de la faz de la Tierra en el 2000. Bien, estamos en el 2009 y los medios nos alertan sobre un cataclismo venidero que “es posible” y sólo los políticos como Al Gore, ese señor que viaja para dar conferencias usando los combustibles fósiles y contaminando más el planeta, podrán salvarnos. Financiando al lobby renovable, claro. Que se note que no hay intereses de por medio y es una crítica independiente y sana, ¿verdad Al?

En el siglo XIX se le propuso a un norteamericano que dijera cómo sería el siglo XX y contestó que, lógicamente, estaría lleno de guano de caballo hasta los topes, porque si la población aumentaba el estiércol equino, esos residuos graciosos, lo haría a la par. ¿Cómo iba a predecir este pobre hombre que Ford inventaría el automóvil y cambiaría nuestra manera de entender el transporte? Nadie se lo hubiera imaginado y si lo hicieran raro sería que no le quitasen la patente antes.

La energía nuclear fue una novedad inimaginable que nuestros tatarabuenos ni siquiera podrían soñar, era prácticamente una cosa de magia que se desplegase tanta inmensidad de energía y calor por una fisión microscópica entre átomos isotópicos de uranio y plutonio. Pero a la hora de probar la primera bomba atómica en Estados Unidos hubo científicas dudas muy serias sobre sus efectos: ¿y si no tiene una frontera la reacción en cadena y detona todo el Universo? Pero ganó el escepticismo y Nevada empezó a ser esculpida con cientos de cráteres de test atómicos, observándose que nada cambiaba. También la famosa hipótesis del Invierno Nuclear que se forjó como arma para la pacificación de las potencias de la Guerra Fría no era sino una magufada infalsable cargada de buenas intenciones, eso sí.

Un buen estatista jaleará a los mitos apocalípticos para ganarse a una masa dócil y temerosa. Hitler puso de chivo expiatorio a los judíos y radicalizó a su población hacia el fanatismo con tal eficacia que lucharían en la Batalla de Berlín incluso las Juventudes Hitlerianas compuestas de niños adeptos a su figura. Así se ha hecho a lo largo de la Historia y nuestro tiempo, por nuestro, no iba a ser menos. En China se suele decir en los ambientes rurales una maldición: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Y si no son interesantes, añádeles patrañas a gusto para que lo sean, diría algún profeta periodista-político para ganar las gachas que le dan de comer.

Lo cierto es que desconocemos totalmente el futuro. Eso es un hecho pero algunos no dejan de escribir listas interminables sobre lo que comeremos, lo que veremos y lo que pensaremos los siglos posteriores. ¿Estos individuos de qué parra se han caído? ¿Les permitira esa parra viajar en el tiempo? ¿Será capaz de cosechar uva de cosechas antiquísimas? No lo sabemos y creo que ellos tampoco.

Remember, remember El Club de Roma y su informe de 1972. Los ecologistas pusieron el grito en el cielo y clamaron con tristeza que nos cargaríamos una serie de recursos naturales en los próximos lustros: no habría más petróleo ni gas natural o cobre en 1992, y el oro sería historia al pasar de largo el 81. Grinpís avisa hoy también con falacias los temibles efectos mutantes (que nunca se han probado) de los alimentos transgénicos o enlazan el incidente de Chernóbil , una negligencia estatal, con las centrales nucleares de manera demagógica como el que más.

La predicción de acontecimientos da mucho dinero y es bien sabido. Los horóscopos, los videntes que leen el Tarot y las religiones que narran un advenimiento del Mesías y un Paraíso tienen notable éxito en la civilización tecnosupersticiosa donde vivimos. La ONU y sus ultracomisiones compradas con la plata que interesa también dirá misa acerca de todo; que Occidente tiene la culpa de los males del mundo y que seguirán riéndole las gracias a los tiranos como Ahmadineyad en Darfur, una ocasión antisemita. La Organización de las Naciones unidas se opuso también al derrocamiento del sátrapa ególatra de Sadam Hussein, ese personaje con estatuas propias que Arturo Pérez-Reverte, que lo conoció en una entrevista, tachó de arrogante y prepotente. Vistos los apoyos de la ONU a las dictaduras más salvajes en nombre de “la multiculturalidad” tenemos material para poner en duda la eficacia de un organismo tan inútil. Y más cuando pretende contarnos anédcotas sobre los postrimerías del tiempo más allá del presente.

Así que para no equivocarse, dejaron de repetir como guacamayos “calentamiento global” para cambiarlo por “cambio climático”. Con la última forma, conociendo la premisa de que el clima siempre cambia, se caliente, se enfríe o se transforme, “acertamos siempre”. Y destrozamos los paisajes con molinillos mientras despunta por el horizonte alguna posibilidad de desarrollar la energía de fusión de hidrógeno, ilimitada, limpia y genial. Aunque esa no interesa, claro.

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