Leyendas gomeras: Origen de las "manchas lunares"


Decía el poeta Pedro García Cabrera que el isleño vive ignorando a ese señor autoritario llamado Don Tiempo pues está anclado en la contemplación del horizonte. De ahí viene el famoso tópico de los canarios “aplatanados”, esto es, carentes de prisa alguna. El mar, ese cosmos que golpea las costas con un batido de furia y cariño, acaba moldeando no sólo el clima, sino las costumbres de los hombres.

Por su idiosincracia (¡me encanta recitar esta palabra!) amén de la situación geográfica pegadita al continente africano parecíamos condenados a padecer el mismo nefasto destino que azotó al Sáhara hace unos cuantos millones de años: ser desierto. Pero he aquí que las subtropicalidades endógenas acaban echándonos una mano y los vientos alisios mantienen temperaturas ricas que podrían calificarse como las propias de un Edén en la Tierra, de esas Islas Afortunadas que los clásicos glorificaron en los altares de la lírica.

España convirtió a las Islas Canarias en un puente invisible de barcos, naos, hombres de semblante serio con poco gusto por el afeitado y ovejas merinas extremeñas en dirección al Nuevo Mundo, pero a la manera de la corriente alterna funcionó en sentido contrario en añadidura. Las papas rebosaban canastos entre transporte y transporte bajo el constante traqueteo seco y borroso de los cabos en tensión de los muelles. Poco a poco se fundaron nuevos pueblos y ciudades como Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas, Santa Cruz de la Palma o San Sebastián de la Gomera.

Realmente es imposible pasar de largo a la Gomera, según el Cabildo Insular (entidad administrativa de la isla), “la isla bonita”. Los folletines turísticos para alemanobritánicos reivindican las ancestralidades de esta región, con vestigios como el silbo, un medio de comunicación útil antaño para hablar vadeando la distancia inmensa entre barranco y barranco. Habiendo muchos dichos, hechos, chascarrillos, anédcotas campestres y villanas (a San Sebastián se le sigue llamando, como en el siglo XVI, la Villa), es menester sacar algunas a la luz recopilándolas aquí antes de que se pierdan en el olvido y en la reliquia.

Un ejemplo sería un mito que he escuchado por esta zona y que intenta explicar de un modo fantástico el origen de los mares lunares, o sea, esas manchas oscuras de nuestro querido satélite. Resulta que la Luna, personificada en la figura de una mujer celestial, se enamoró perdidamente del sol, el astro rey. No creo que le regalara unos bombones porque acabarían derretidos a varios kilómetros de su amado. Bueno, el caso es que la Luna lo abandonó y el gigantesco hombretón sudoroso, despechado, le arrojó un puñado de ceniza a aquélla. Ella, cenicienta, se resignó a quedarse así para siempre. De esta forma se buscaba una razón en los viejos tiempos para tal sinsentido, el porqué hay tanto cráter y tanta cosa en la superficie de la esfera que pisara Neil Armstrong y unos cuantos más. Todo eso de los meteoritos, los pedrolos tamaño XXL y las catástrofes del sistema solar sonaba demasiado inverosímil.

Muy pronto un artículo sobre la leyenda de Gara y Jonay. Y también comentaremos las últimas novedades sobre la carreras de burros en San Pedro y la causa de que antes se hicieran en la carretera y ahora en el barranco.

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