Kapu


Hace tres años salió al mercado, irrumpiendo con aires enigmáticos, un juego para computadora de la mano de Her Interactive: The Creature of Kapu Cave. Eso a primera vista no suena a nada (o al menos a un popurrí genérico con olor a Indiana Jones), pero cuando ya conocemos el dato de que la cuarta palabra es hawaiana y se puede traducir (dentro de lo intraducible) como “prohibido” notaremos como las tornas se vuelven más misteriosas que un disco de Bisbal en un portacedés de heavy metal.

¿Qué es el Kapu? ¿Una vieja forma de los indígenas de Polinesia, los mismos que adoran aviones y entronan cajas de cargamento benéfico, para decir “tabú”? Antes de disertar sobre tan sagrado término habría que emprender la tarea de hacer memoria histórica y recordar la exótica mitología de las islas Hawái. Es bien sabido que el paisaje es un pintor excepcional de motivos divinos; los griegos localizaban a Zeus en la montaña más alta de sus agrestes, pedregosas tierras caprinas; en Egipto el Nilo era un dios en sí mismo y su crecida tenía una explicación dentro de los mitos propios de los sacerdotes egipcios. Y Marte era un mágico guerrero que estaba loco de remate pero dio nombre a Los Campos de Marte, zona de ciudad de Roma Antigua donde se entrenaban los legionarios en sus orígenes. No podemos prescindir de la cuestión de que lo Kapu también es lo vetado por razones ancestrales y religiosas (suelen ser lo mismo). De hecho lo opuesto era “noa”, lo común, al alcance de todos los mortales.

¿Y las islas del Pacífico? Sol, lava y selva han construido un mosaico interesante: según los antiguos nativos Hawái salió (en todo su archipiélago) de un huevo de una especie de pajarraco pantagruélico que gobernaba el Cielo. A semejanza de las creencias guanches de las islas Canarias, que tenían fe en que había un monstruo diabólico con forma de perro en el interior del monte Teide (mayor de España), los hawaianos no iban a ser menos en este peculiar desfile de dioses monigotescos y tenían una señora de los volcanes con un nombre singular: Pelé.

Sé que el exfutbolista brasileño está colaborando en los anuncios contra la impotencia, pero no creo que le haga gracia saber que en Hawái los surfistas y la gente esa con coronas de flores se partirían de la risera con él. Pero bueno, volvamos al caso (al fin y al cabo la piedra pómez de las erupciones volcánicas puede tener similitud con un balón de fúrgol). En este pintoresco ambiente tan psicodélico como tropical apareció un código de leyes y normas llamado Kapu, que era como la Constitución pero al nivel de animal de bellota; o sea, si alguien incumplía cualquier Kapu tenía asegurado el machacamiento ritual de su cabeza tal y como ilustra la imagen del encabezado. A garrotazos, eran tiempos de antaño.

Estaba prohibido más o menos lo siguiente:

  • Llevar plumas amarillas y rojas en el body sin tener alto rango.
  • Entrar en la habitación de un jefe de tribu aunque fuera para salvarle de un incendio.
  • Tocar pedazos de uñas mordidas del jefe o pelos suyos.
  • Comer cerdo, coco o banana (se relacionaba con el falo la última) siendo mujer.
  • Comer alimentos junto a una dama (sí, simplemente).
  • Mirar al jefe directamente a los ojos, también denominado como el Síndrome del Basilisco.
  • Contemplar al jefe con la cabeza bien alta y de paso altiva. Cosa fácil de evitar si era tamaño Pau Gasol pero complicada si era más tipo Sarkozy.
  • Consumir cerdo, coco o banana con una señorita (premeditación y alevosía).

Este chiringuito y pitorreo, este festival de las prohibiciones “porque sí” estuvo vigente hasta 1819 cuando un dirigente de Hawái llamado como un poder sayayin de Goku: Kamehameha II ,lo destrozó cometiendo el terrible pecado mortal de comer al lado de dos mujeres: su madre y la consorte de su papi. Con el paso de los años Hawái pasó por algunas batallitas hasta que llegaron los americanos, Pearl Harbor, el gordito que toca el ukelele y la Obamananía. Obama vivió gran parte de su vida por tales islillas y se nota, está bronceado.

Esta entrada fue publicada en Ideologías, Lejano Oriente, Prejuicios históricos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *