La Caperucita Roja: orígenes

Había una vez una niñita a la que su madre le dijo que llevara pan y leche a su abuela. Mientras la niña caminaba por el bosque, un lobo se la acercó y le preguntó adónde se dirigía.

A la casa de mi abuela –le contestó.
-¿Qué camino vas a tomar, el camino de las agujas o el de los alfileres?
-El camino de las agujas.
El lobo tomó el camino de los alfileres y llegó primero a la casa. Mató a la abuela, puso su sangre en una botella y partió su carne en rebanadas sobre un plato. Después se vistió con el camisón de la abuela y esperó acostado en la cama.
La niña tocó a la puerta.
-Entra, hijita.
-¿Cómo estás, abuelita? Te traje pan y leche.
-Come tú también, hijita. Hay carne y vino en la alacena.
La pequeña niña comió así lo que se le ofrecía; y mientras lo hacía, un gatito dijo:
-¡Cochina! ¡Has comido la carne y has bebido la sangre de tu abuela!
Después el lobo le dijo:
-Desvístete y métete en la cama conmigo.
-¿Dónde pongo mi delantal?
-Tíralo al fuego; nunca más lo necesitarás.
Cada vez que se quitaba una prenda (el corpiño, la falda, las enaguas y las medias), la niña hacía la misma pregunta; y cada vez el lobo le contestaba:
-Tírala al fuego; nunca más la necesitarás.
Cuando la niña se metió en la cama, preguntó:
-Abuela, ¿por qué estás tan peluda?
-Para calentarme mejor, hijita.
-Abuela, ¿por qué tienes esos hombros tan grandes?
-Para poder cargar mejor la leña, hijita.
-Abuela, ¿por qué tienes esas uñas tan grandes?
-Para rascarme mejor, hijita.
-Abuela, ¿por qué tienes esos dientes tan grandes?
-Para comerte mejor, hijita.
Y el lobo se la comió.

Cuento oral popular de la Francia del siglo XVIII, extraído de Le conte populaire français de Paul Delarue y Marie Louise Tenèze (París, 1976).

Sí, amigos: ¡el texto de arriba es la primera versión del famoso cuento infantil de la Caperucita Roja que se conoce!, y lo más interesante es que se relataba de boca en boca en las villas campesinas para aterrorizar un poco a la muchachada. No, no hay enseñanza moral debajo, ni un leñador-cazador que recupere el orden de la Fuerza, ni los buenos (y guapos) ganan. Simplemente el lobo se traga a la pequeña niña de la canasta y punto, algo que no deja de sorprenderme. ¿Qué dirían nuestros modernos psicopedagogos adoctrinadores ante esta joya de hace trescientos años? ¿Por qué con el paso del tiempo llenamos de florituras mágicas (en la edición de El País aparece un mozo con un brebaje curativo, ni siquiera abre en canal al lobo) tan cautivador y natural relato, haciéndolo aséptico, “apto para todos los públicos” y le capamos lo esencial: su fatalidad?

Esa villanía pícara de la vida, el genio maligno que también salpicó las leyendas de maridos entrometidos en los asuntos de su mujer que resultaba ser una bruja. Recordemos que las fábulas de Esopo advertían también con moralejas contra las creencias irracionales, la ingenuidad e incluso acciones que hoy por hoy se loan como la ayuda a los demás (que a veces puede terminar en una esclavización particular). ¿Cuándo volveremos a leer o escuchar algo semejante? Las ediciones revisadas de los cuentos tradicionales demuestran que quizá jamás. El imperio de lo políticamente correcto es el único regidor y los lobos crueles que ensalzaban la tragedia fueron relegados a los mundos de yupi cual titán encerrado por el Zeus de la corrección en el Inframundo de lo auténtico. No debemos pues asombrarnos cuando los poderes políticos (sean los que sean) pretenden eliminar la filosofía de un plumazo: desde el Sócrates que bebió con firmeza su cicuta en lugar de huir se repite la misma carraca. La verdad y la crítica es simplemente demoledora, no admite súplicas ni piedad, como un cuento campesino francés del siglo XVIII. Y el lobo se la comió.

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