El garum y la muria


“Hoy el garum más exquisito se obtiene del pez escombro en las pesquerías de
Cartago, pagándose dos congrios aproximadamente a mil sestercios. Y casi nngún
líquido, a excepción de los perfumes, ha alcanzado un precio tan alto, dando
incluso fama a los pueblos que lo producen.”
Plinio el Viejo. XXXI, 94.

Si en nuestro año dos mil nueve el caviar es el alimento de lujo, codiciado por los más adinerados, en la época imperial romana era sin lugar a dudas el garum. Esta salsa tan cara hecha con vísceras fermentadas de caballa era admirada por sus supuestas cualidades afrodisíacas, es decir, hacía que Cupido se asegurara un buen trabajo. Es Estrabón el que menciona el origen del garum como una invencìón de los turdetanos que pronto, junto a la muria o salsa de atún, se extendió por todo el Imperio desde sus factorías en la comercial Baelo Claudia, en Bética; y algunos resquicios por toda la costa mediterránea y Lusitania según los hallazgos arqueológicos. Se cree incluso que existieron compañías enteramente dedicadas a la exportación por vía marítima de estos ricos condimentos muy valorados en Roma y la península itálica, sobre todo.

¿Cómo sabemos todo esto? Gracias a las ánforas, las vasijas del Mundo Antiguo, los tupperweres de arcilla de antes. Un genial depósito de ellas se encuentra a pocos metros del mítico río Tíber de Roma, en el llamado Monte Testaccio. Desde el atareado puerto de Ostia, principal punto de entrada de mercancías desde el resto del Imperio a su capital, entraron unas cuarenta millones de ánforas del orbe todo, y de la Hispania también, repletas de aceite de oliva, que ya habían producido los fenicios (llevándolo desde la tierra de origen del aceite: Mesopotamia) en sus tierras, y por supuesto, garum. Así pues, los recipientes se echaban en el Monte y acabaron formando una gran masa de ánforas que dan conocimiento de la intensidad mercantil del mundo por aquel entonces. Toda una globalización que pasamos por alto.

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