Menos mal que naciste en Occidente


Dijo el cantante-humorista Virulo en una canción “menos mal que naciste en Occidente…adolescente.” Y ese verso musical podría generar un cúmulo de respuestas, por ejemplo: “¿Occidente? ¿Eso se come?”, o también “¡Muerte a Occidente!”. Hemos sido testigos de númenes humanos antropomorfos vestidos con sendes ropajes de poliéster sintético clamar un “¡abajo el sistema!” mientras dan la última dentellada a un hamburguesa, en rumbo fijo hacia un esófago libertario. ¿Será que esos pequeñuelos tienen toda la razón y estamos en una civilización opresiva, ciberpunk y ultramegacapitalista controlada por “gente mala desconocida” para dominarnos a todos y llevarnos a las Tinieblas? O tal vez pueda resolverse todo más sencillamente, mirando en el prístino espejo de la realidad.

¿Qué somos? ¿Bebés un poco gordos? ¿Materia orgánica? ¿Masas de carne y garra, como suspiró romántico un poeta sobre la mítica “Naturaleza”? Al salir a la calle vemos ejércitos desorganizados de peatones que caminan y casi trepanan el asfalto con sus suelas a un ritmo trepidante, y allí saldría (por sorpresa, claro) cual marioneta de circo el antioccidente y gritaría: “¡No hay libertad”. Qué palabra tan curiosa y recargada de connotaciones, tanto que a veces da pereza leerla. ¿Pero realmente estamos en esa ilusoria persiana que nos deja ver sólo hilitos de luz de alegría?

Resulta que no: Occidente sí que permite todo tipo de cuestiones más las que puedan surgir. En el carnaval veneciano y mascarense del Mercado todos los disfraces están la venta, prácticamente todo lo que se pueda desear. Y si no existe, ya están los inventores afanados en conseguir ideas realmente originales en el presente del copipasteo. Occidente nos proporciona la utilidad más valiosa para la mente: una pizarra en blanco; es así una manera de demostrar cómo y porqué podemos llenar ese cerebro de datos y conexiones, de gotas de la lluvia del conocimiento con universos dentro. Eso en un país talibán o de mayoría chií, como Irán o la sunní Palestina, no tendría sonrisas o aplausos como respuesta: nada más una risa gélida y el chasquido de un bolígrafo en un impreso cuyo epígrafe podría señalar orgulloso : “Condenado a recibir mil latigazos”. ¿Es eso civilización? Algunos de nuestros compañeros dirán: “es mejor que nuestro mundo moderno”. Y a aplaudir con las orejas. Además, en Occidente las mujeres pueden vestir lo que deseen e incluso hacer topless en la playa, algo vetado en muchas naciones islámicas.

Pero la distancia al supuesto paraíso exótico es inversamente proporcional al grado de vehemencia con el que lo defienden a todo gas. Es comprensible: lejos, a gusto y tumbado en la hamaca es muy sencillo defender el sistema más pintoresco y exótico (¡y más si es exótico!) que se ponga delante. Claro que si ya nos proponemos a vivirlo…es distinto. Sufrir en las carnes la opresión o el acoso de los fanáticos nos arroja a las orillas de Occidente, qué remedio. ¿Dónde ir si no? La Modernidad es el último refugio de los nacionalismos galopantes, disueltos en una inmensa telaraña de transacciones a la velocidad luz, el arado pasa a ser un tractor enorme con pesticidas avanzados, los senderos polvorientos son carreteras que se bañan en luces de neón recién encendidas. Dando coletazos, las culturas no-occidentales tiemblan e intentan dar un último estallido como supernovas antes de integrarse en el globo total. Si vimos la película “El Último Samurai” recordaremos de qué manera unos guerreros cargando armaduras de placas de hierro y cuero se lanzaron contra las poderosas ametralladoras gatling. De idéntica manera recibimos hoy en día una ola de antioccidentalistas que beben Coca-cola y que en el fondo saben que el futuro está aquí.

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