Historia de los rulos

Si buscamos en la Wikipedia “rulos” (con un gracioso cajetín a continuación llamado “objeto”) aparecerá un artículo de la nada referido al tema en cuestión, no a otro. Bien sabido y conocido es por las buenas gentes que me leen que me gusta hablar de cosas cotidianas del día a día (valga la redundancia), dicharacheras, que preocupan verdaderamente a los mozos en sus quehaceres: el arte de barrer, los secretos de la fregona y ahora llegamos al pelo después de atravesar una algarabía de suelos limpios. En el futuro voy (pienso, luego escribo) a escribir un sencillo y alpargatero manual para acercar la bella idiosincracia, tantísimas veces menospreciada y poco aplaudida, de la limpieza en el hogar al público; y todo el complejo cosmos que comprende, desde pasar el plumero por las ignotas esquinas repletas de acechantes escuadrones de polvo, de ojos de lechuza, y piel humana (y no-humana) hasta dilucidar qué clase de Fairy le favorece a la bienaventurada vajilla para servir en orden y concierto diplomático nuestro pan de cada día.

Primero, ¿qué es el pelo? Muchos filósofos se habrán suicidado con cicuta (cuando no había volcanes en erupción en el momento donde arrojarse) para intentar averiguarlo. Hay quien dice que “le duele el pelo” como le puede doler el alma, pero en realidad el cuero cabelludo es lo que jala. Se diría que el conjunto de los cabellos de los antropoides, contemplando cada hilo capilar como una unidad inserta en un todo mayor (a la manera de cómo unos miserables y bandidos tejidos forman órganos carpetovetónicos como el corazón) sería la melena leónica, el avasallante sinnúmero de terminales de queratina que llamamos “pelo”, o “pelou”. Sansón perdió toda su “hombría” (también conocida como “tener músculos hipertróficos que no sirven para nada si no hay columnas de templos dagónicos de alguna tribu farisea a mano, y que, para colmo de los colmos, cuando sea viejo- bíblicamente hablando- le provocará disfunciones varias en sus fibras corporales”) cuando perdió, cortada, su gallarda mata de pelos; y siguiendo la tradición el superhéroe Bobobó que da latigazos a la malhadada villanía utilizando nada más que los pelos de su nariz también reivindica el legado del cabello épico, de las melenas mágicas que otorgan habilidades sobrehumanas. Hablando de magia no está de más recordar que el cristianismo es la creencia en que un zombie judío sobrenatural nos salvará del pecado cometido por una mujer-costilla inducida por una serpiente que habla, por medio del sacrificio de sí mismo.

Como veníamos diciendo, la peluquería además de hacer “chas, chas” con una tijera representa un tipo de arte que no tiene nada que envidiar a los cómics o al cine. Un peinado, recordando a los cuadros, es un modelo único de representación ideal que el barbero o la peluquera hace real cuando aplica su oficio en la cabeza de la señora -o el señor-. En la Historia Universal han desfilado cantidades ingentes de moños, turbantes meleneros, lisos y permanentes de tanta plasticidad que es un no acabar; variando cada cierto tiempo. Por ejemplo, las mujeres de alta alcurnia romanas (que se llamaban “patricias” todas por una razón que luego explicaremos) mandaban que sus esclavos escultores griegos, bien alimentados por cierto, cuando no hacían de muebles, hicieran bustos calvos de si figura de tal manera que hubiesen peinados de mármol intercambiables como los cromos y lo variara, colocando un pedrolo de peinado diferente con los embates de la moda.

Fue Charles Nessler el diseñador de la primera máquina capaz de hacer permanentes en 1905, cuando todavía no se había hundido el Titanic ni Leonardo di Caprio. O al menos el que la patentó antes. Como todos los artilugios de antaño, era más aparatosa, vil y dolorosa: por medio de potentes corrientes eléctricas en barras de metal enrolladas en el pelo, calentándolo, se intentó hacer algo que sólo cuarenta años después, con el boom del plástico, quedó obsoleto, pues aparecieron los rulos comunes y corrientes que sobrevivieron a la Guerra Fría, mutando cual gripe del pollo hacia formas más coloridas y cuquis que amenizan las tardes de verano, a la sombra de la televisión, en la misma actualidad.

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