Vlad Tepes y sus métodos sangrientos



“He matado a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes, desde Oblucitza y Novoselo hasta Samvit y Ghigen. Hemos matado a 23.884 turcos y búlgaros, sin contar aquellos a los que quemamos en sus casas, o cuyas cabezas cortadas por nuestros soldados”.
Carta del príncipe Vlad Tepes al rey de Hungría Matías Corvino (Matías I), que ayudó a aquel a recuperar el trono de Valaquia, tomado por los otomanos.

Junto a la misiva que mencionamos más arriba también llegaron dos sacos repletos de cabezas, narices y orejas como regalo, trofeo y muestra de aprecio. El Empalador, nada menos que un príncipe de Valaquia (Rumanía), un hombre colosal de ojos grises, nariz afilada y cejas frondosas, según los embajadores que cenaban con él en su Bosque de Empalados (que no es una licencia poética), era tanto un “incomprendido” como un ser extravagante y siniestro, y otros dirían que fue un dirigente de circunstancias adversas. Como egócrata despótico, este individuo empaló en sólo siete años a más de cien mil personas y no se le movieron las cejas. Que por cierto, expliquemos el empalamiento: es un método muy sencillo e higiénico que consiste en atravesar el cuerpo de un pobre ser humano (vivo) por una vara enorme de madera, quedando así enganchado como un espantapájaros colgandero, a veces tomando al ano como centro de gravedad y logrando así que la víctima sufriera sin remedio mientras el mástil le perforaba las tripas e iba ascendiendo hasta salirle por la boca después de días o semanas de agonía; su origen problablemente se remonte a los asirios o los persas (o éstos últimos lo tomaron de los crueles asirios mencionados, famosos por sus torturas). Pero ahí no quedaba la cosa (ni siquiera cuando el sultán turco (que no era un santo precisamente, y nunca mejor dicho) visitó su castillo y acabó terroríficamente admirado por la administración del Horror que ejercía su enemigo mortal sin perder la sonrisa ni dejar de mercerse el bigote) porque Vlad, cuando no estaba haciendo movimientos de espada en el campo de batalla enfundado en su armadura de la Orden del Dragón (del Drac, como su padre, lo que acabó dándole el mote de Vlad Dracul, también conocido como “Hijo del Diablo”) se zampaba crujientes panes empapados a chorrear con sangre caliente y fresca. En la frontera tenía su particular campo de juegos: aunque Valaquia estaba bajo su principesca jurisdicción (nada que ver con el “principado de Andorra”) Moldavia y la fúnebre Transilvania eran tierra en pugna por parte del Imperio del Turco, en plena expansión por la Vieja Europa. La pólvora otomana era una piruleta en comparación con los métodos que utilizaba por la Razón de Estado El Empalador para sofocar las múltiples revueltas que se sucedían. Viviendo en un reino tan diminuto y con enemigos a todas partes en una carrera por el poder, veía Tepes, lo mejor era anticiparse y ser temido antes que amado, que diría Maquiavelo.

Además, los colones alemanes que vivían en su reino y luego se marcharon llevaron consigo las crónicas y reliquias por las que conocemos bien su historia, exagerándolas incluso, sobre este peculiar personaje. Le odiaban y organizaron numerosas subversiones en su contra, lo cual desató en ocasiones la ira del voivoda (príncipe rumano). Pero también los eslavos admiraron su uso y abuso del miedo y lo tomaron como ejemplo de gobernante férreo (y es una tradición muy rusa). De todas maneras, a contrario del dicho, la mala hierba sí muere. Y así, finalmente, mientras viajaba por algún sendero, una emboscada del Turco lo sorprendió y lo apresaron con muchísimo gusto. En la otrora Constantinopla, heredera del Imperio Bizantino y más atrás de Roma, la Roma con gusto griego, yació en una pica una cabeza misteriosa, en Estambul conquistado, la cabeza de Vlad Tepes el Empalador, ahora empalado por sus oponentes.

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Una respuesta a Vlad Tepes y sus métodos sangrientos

  1. Tepes dijo:

    se zampaba crujientes panes empapados a chorrear con sangre caliente y fresca”.

    Tu que fumas?

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