Hidalguía: el origen del pasotismo

“Rabian y mueren por la caballería”
Bartolomé Albornoz sobre los comerciantes.

“¿Y podría vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto; que éste es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio casi desde las fajas y mantillas.”
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha.

La clásica consigna del “uno trabaja y tres (o cuatro) miran” típico de las obras no es tan reciente como parece. Ya los mercaderes castellanos del siglo XVI querían vivir como nobles, sin trabajar y a ello dedicaban todos sus esfuerzos. ¿No es curioso que uno se fatigue tanto para no hacer nada luego?

Dichas ideas estaban ya en la cabeza del hidalgo hambriento de El Lazarillo de Tormes, que aparenta ser un glorioso caballero de gran abolengo cuando en realidad le faltan maravedíes y reales para sobrevivir (como pasa con muchos vecinos en la crisis) con algo de dignidad. Y es que, indudablemente, el machito que poseía terrenos se veía libre de las fluctuaciones económicas de casino que sufrían muy mucho los humildes comerciantes, cuya prosperidad pendía de un hilo. Vivir a partir de las rentas, sin dar palo al agua, era muestra de nobleza en aquellos medievales períodos de nuestro país y ello fracturó en gran medida ese monstruo que es el crecimiento económico en nuestro contexto. Pero a pesar de todo, en Sevilla los aristócratas más importantes y más de élite invertían en los negocios con América (como ahora algunos invierten en las naves espaciales de EEUU), que eran de futuro. Así que había mucha boquilla en todo ello: se criticaba al comercio como algo rancio y bajo, pero se practicaba con avidez real.

El desprecio muy generalizado hacia la artesanía y a hacer cosas (manufacturar) con los dedos y las palmas de las manos, a pesar del alza pujante que se vivía en el mercado internacional (gracias a las apreciadas colonias de Ultramar) provocaba una carrera desenfrenada del adinerado hacia los títulos nobiliarios, porque no era igual pagar impuestos a no pagarlos (y los de sangre azul, en efecto, no los pagaban como tampoco la Iglesia). Mientras los obreros, campesinos y artesanos, se desgañitaban el lomo al duro sol de la meseta, los caballeros de los altos estamentos paseaban con su caballo, iban de caza y conspiraban contra una Corona cada vez más poderosa, que era financiada alegremente por ricos italianos (como los Spinola, los Doria o los Grimaldi, que suenan a familias mafiosas, pero no). En ocasiones hemos escuchado a grito pelado que esos préstamos son la prueba “de que España estaba yendo hacia la bancarrota”, pero deberíamos preguntarles a los vociferantes: ¿entonces porqué les concedían el dinero con mucho gusto? La banca siempre debe ganar, y en este caso, los felices genoveses.

En dicho ambiente escabroso los rudos hombres de campo comían un trozo de pan con ajo y era bastante (las madres les dirían a sus hijos “hay gente que no tiene que comer, niño”). Carne charcutera, tal como la conocemos, no se veía ni por asomo en las casas humildes, sólo y exclusivamente en los festines de los soberanos. Y es que era un bien de lujo, sobre todo si querías conservarlas con carísimas especias orientales, cuyas rutas comerciales estaban dominadas por “El Turco” (que no era uno gigante, sino turcos sarracenos, muchos y enemigos). Ahora si te mandan un paquete por correos desde Japón y lo pides contrarrembolso tendrá un precio desorbitado; multiplica eso por una cifra enorme e imagina quién pagaba las comilonas y de dónde sacaba el capital. Con mucha suavidad, los privilegiados llevaban una vida de reyes (y nunca mejor dicho), mientras sus riquezas y bienes fluían como el río de miel bíblico. Todo parecería “un don del Cielo”, si por arte de magia (por nacer) eres millonario y no tienes ninguna obligación para con el mundo y sólo honores. ¿Cómo podían tomarse el asunto en serio los demás? Por la fortaleza de la ideología, que reivindicaba el feudalismo como un estado eterno y lógico, evidente, sustentado en el Trono y el Altar. ¿O alguien se cuestiona hoy en día porqué votamos cada cuatro, cinco o seis años? ¡Vaya pregunta!

Para finalizar, resaltamos que no está de más recordar este tipo de prejuicio histórico, así que abrimos esta sección. En estas páginas desgranaremos próximamente el origen del antisemitismo, más antiguo que el mundo, y también el enigmático desprecio al campo y alguna que otra cosa más.
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