Garcilaso de la Vega y su muerte


“Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros, como quiera,
desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.
Soneto IV.

Ahora diríamos que Garcilaso (suena bastante potente su nombre, para qué negarlo) es un hombre con un buen par de “coherencias” que vivió con toda pasión. En los libros de Historia de la ESO aparece como un prohombre pero también le conceden la imagen de un sujeto anodino que los sufridísimos jovencitos deben estudiar a duras penas, además de memorizar algunos de sus poemas, incluyendo su métrica y contemplar su arte como si de una especie de arquitectura lírica se tratase. Pero en opinión de un servidor, el punto más importante en el ciclo vital de este caballero toledano y español con cicatrices que dan fe de su valor en la defensa de Rodas del Turco (un episodio impresionante del que ya hablaremos en estas páginas) donde Fuenterrabía y sus cañonazos amén de las batallas en Italia fueron sólo una semblanza a pie de página, fue su final, digno de la Ilíada cuanto menos: en la campaña de los famosos (y dueños de toda Europa) tercios imperiales contra el monarca francés Fernando I (contra el emperador Carlos I, que llevaban dos guerras ya), el poeta-guerrero se lanzó al asalto de la pétrea fortaleza de Le Muy, posiblemente pensando en su amor secreto: una sugerente dama de la corte, llamada Isabel Freyre a la que se refería como Elisa para salvar su cabeza. No pudo evitar, sin embargo, dedicarle muchos poemas a tal amor platónico, como correspondía a su estatus de galán renacentista. Entonces Garcilaso de la Vega, espada en mano, subió con fiereza por la escala dispuesto a atravesar oponentes, acto que hizo con sus escritos literarios pero al corazón, en un estilo caballeresco y recargadadamente florido, donde conjuga a la poesía española elementos italianos y de los clásicos. Gravemente herido por manos galas, algo normal después de tomar un riesgo enorme en la empresa, murió luego de cuatro o tres días agonizando. Sus múltiples heridas en la arena bélica nos recuerdan a Blas de Lezo, un marino que se ganó a fuerza el epíteto de “mediohombre” debido a sus múltiples cicatrices y amputaciones. Y siguió en pie, siempre.

Un detalle interesante es que cuatrocientos años más tarde pisarían con sus botas esa misma tierra los paracaidistas aliados en el marco de las operaciones militares del Desembarco de Normandía, también inmiscuidos en actividades militares, pero esta vez, contra Hitler y en un contexto muy, muy diferente.

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