El último emperador romano: relato

El Fuego de Roma que tan celosamente guardaron las vestales se apagó aquel día, y no sólo eso, sino que además sus cenizas y brasas fueron esparcidas por el soplo de la Historia, para que no volviera nunca más. Y esas semillas aún perduran como pequeñas aves fénix que conocen su trágico destino: jamás crecerán, pero serán breves.

Era la jornada en la que los jenízaros otomanos y las bombardas, que parecían monstruosos troncos que lanzaban truenos, entraron en la ciudad de Constantinopla, otrora Bizancio, que brilló con la luz de sus mercaderes, de la fama de sus murallas invencibles, de la sagacidad de sus sabios olvidados. Mientras en la Edad Oscura el mundo se derrumbaba, después de que los bárbaros profanaran los valores grecolatinos (y al final se enamoraron de ellos), la Segunda Roma seguía en pie, cuando la Ciudad Eterna se convirtió en una aldea, mera sombra intoxicada de su antigua grandeza, su rival era la mayor urbe del orbe.

Ese mismo día, Constantino XI, el último emperador romano, encabezó la defensa. Sabía perfectamente que con él, acababa todo ad aeternam. Y por eso jugó sus últimas cartas: sus consejeros le recomendaban escapar y reorganizarse en otro lugar, pero no podía aceptar tal opción.

Su vida estaba ligada a la Nueva Roma, y ahora estaba feliz, irremediablemente condenado. Él, al lado de sus últimos caballeros, se despojó de sus insignias imperiales y exclamó con voz firme:” ¿Alguien está dispuesto a vender a su emperador?”. No recibiendo respuesta, montó en su caballo mientras empezaba a sonar un Requiem lejano. “Los ángeles no salvarán a Constantinopla, sino nuestro valor, romanos” exclamó. Y cuando el Requiem cobró fuerza, guió una desesperada resistencia, el primero, con un pequeño grupo de jinetes. En un mundo convulso donde la pólvora empezaba a reinar, veíase una quijotesca cabalgata hacia el final.

Todos tenían lágrimas en los ojos, excepto el emperador. ¿Cómo llorar sabiendo que aquella carga, en las Puertas, le haría entrar en la Historia como un digno descendiente de los antiguos romanos grandiosos y que los juglares relatarían su caída hasta la saciedad? El legado romano podía derrumbarse, pero toda llama puede volver a vivir algún día. Y fue su último pensamiento antes de morir con la espada en la mano.

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