El comercio castellano en el siglo XVI



“Tienen lo primero, contratación en todas las partes de la Christiandad, y aun en Berberia. A Flandres cargan lanas, azeytes y bastardos: de ella traen todo genero de merceria, tapiceria, libreria. A Florencia embian cochinilla, cueros, traen oro hilado, brocados, sedas, y de todas aquellas partes, gran multitud de lienços. En Cabo Verde tienen el trato de negros, negocio de gran caudal, y mucho interes. A todas las Indias embian grandes cargazones de toda suerte de ropa, traen de alla oro, plata, perlas, grana, y cueros, en grandissima cantidad. Item para assegurar lo que cargan, (que son millones de valor) tienen necessidad de assegurar en Lisboa, en Burgos, en Leon de Francia, Flandres, porque es tan gran cantidad la que cargan, que no bastan los de Sevilla, ni de veynte Sevillas, a segurarlo.”
Tomás de Mercado, dominico y economista de la Escuela de Salamanca (advertencia: no era un hoygan, es que nos habla desde el siglo XVI).

A pesar de lo que comentamos sobre la hidalguía lo cierto es que los españoles veían con muy buenos ojos al comercio si se comprobaban mejores resultados y triunfos rápidos (les caracterizaba un pragmatismo muy “a la romana”), y la meca económica de la España del siglo XVI (y de la Edad Media también lo fue, sobre todo en cuanto a lo textil) era la región castellana, auténtico centro difusor de las enormes riquezas que llegaban, tomando tierra en Sevilla, a toda la Cristiandad, transformando a una sociedad de caballeros, clérigos y campesinos que se sostenían por medio de la economía doméstica a una escala minúscula en un verdadero paraíso para comerciantes y emprendedores con avidez de beneficios, no sólo en la península ya que además atrajo, como moscas a la miel, a italianos y alemanes interesados y que guardaban celosamente enormes capitales ampliables.

Como en la actualidad, era importante disponer de un seguro, sobre todo si tenías una flota mercante que hacía el trayecto La Española-Sevilla dos veces al año cargada de oro y azúcar. ¿Y quién se encargaba de asegurarte? ¡Los comerciantes enriquecidos que comentábamos antes! Entre ellos destacaban los de Burgos, que con la égida de tener la mejor lana de Europa (comprada) habían acumulado fortunas destacables que harían sonrojar a muchos. Y es que la época es un maremagnum de grupos enfrentados en una peculiar lucha darvinista por la hegemonía comercial, detalle que se aprecia en la violenta competencia llevaba por españoles y genoveses (e incluso por agentes de la fuerte Burgos que dijimos, que establecían peculiares agentes comerciales en ciudades como Sevilla, para competir contra todos los demás a mansalva) que llevaban gran parte del negocio lanar sureño y otra porción del marítimo. Entendían mucho de barcos. También se asentaron ingleses en esta piel de toro (y aquí aprendieron bastante sobre la contabilidad por partida doble), y duros germanos montañosos, que gustaban de invertir en la minería y cuestiones de acuñación de moneda, seriedades.

Castilla tenía tres caminos: el de Sevilla conducía al Nuevo Mundo, el de Bilbao a la Vieja Europa norteña de toda la vida y el de Málaga hasta la Italia de los peperonis, con su Consulado del Mar de Burgos encauzando el mercado europeo en general, al lado de burócratas y escribas. Entre las mercancías más dicharacheras que salían de Castilla estaba el clásico aceite mediterráneo que (a imagen y semejanza de hoy (aunque no existía la marca “La Giralda”, posiblemente) se producía en el soleado sur de los olivos, con omega 3 y cosas sanas. El férreo hierro que venía de las Vascongadas, macizo, era también muy popular para las armas, armaduras y construcciones de todo género. Pero hay que resaltar el importantísimo papel de la lana extremeña (y andaluza) que por aquellos rincones del tiempo no era una zona tan ignorada como en el presente, que ya tenían la fuente de riqueza más básica (el ganado y los buenos pastos para mantenerlo, algo que explica porqué tantos conquistadores venían de allí) que a partir de los productores era comprada baratita por los listísimos mercaderes, lo cual es bastante lógico. Dominando todo el tablero, las piezas textiles (que por cierto, la lana huele fatal) viajaban hasta Francia, Italia, Albión, pero ante todo se veían presente en los mercados de los Países Bajos, como si no existiera nada más. Por si fuera poco, los ibéricos le daban el salero al frío continente proporcionando grandes sacos de sal (España se convirtió en un proveedor de este mineral, necesario para la salazón, que era como “la nevera del siglo XVI” permitiendo, pues, conservar la carne y el pescado que recorría senderos y mares) y también el color, con la cochinilla (segrega un tinte rojizo para teñir) que se traía de las Indias y las islas Canarias.

A pesar de mover ingentes toneladas de mercancía por todo el mundo, estábamos en desventaja. Al fin y al cabo lo que exportábamos tampoco tenía tanto valor (eran materias primas) y lo que importábamos y entraba a nuestras fronteras lo tenía y bastante (eran productos manufacturados). Por ejemplo: los paños de los buenos, las telas que daban gusto verlas venían del extranjero, sobre todo de los Países Bajos, archiconocidos por su calidad textil. La vetusta Rusia, junto con Polonia y Francia nos vendían cereales para vivir más o menos bien ya que nuestro campesinado no era lo suficientemente productivo todavía y las gachas de trigo debían estar en su alimentación, ¡el pan era sagrado! Porque si no, ¿con qué iba a acompañar un jornalero su plato de ajos? Los antiguos vikingos de la península escandinava, por su parte, nos surtían de madera de sus soberbios bosques y pescado; y Alemania objetos de hierro o bronce, como siempre. Los libros venían “de fuera”, así como el papel para hacerlos nosotros, y el estaño de Inglaterra. De este modo no teníamos una economía lo demasiado sólida para estar seguros, lo mismito que pasa ahora que vivimos del turismo y la construcción por culpa de la reconversión industrial. Podríamos tomar nota.

Sin embargo España parió grandes economistas, pioneros que sentaron las bases de todo lo posterior o al menos sacudieron bastante las teorías económicas. Hablamos, por supuesto, de la Escuela de Salamanca, lugar que vio nacer también el derecho internacional.
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