Alejandro Magno y su Imperio: Egipto


“La muerte está hoy en mis ojos como cuando un enfermo sana,
como cuando se camina después de la enfermedad.
La muerte está hoy en mis ojos como aroma de mirra;
como cuando bajo la vela del barco un día de viento.
La muerte está hoy en mis ojos como el perfume de nenúfares,
como cuando te sientas en el margen de la embriaguez.”
Inscripción egipcia. 

“Horus, el príncipe fuerte, aquel que puso las manos en las tierras de los extranjeros, amado de Amón y elegido de Ra, hijo de Ra, Alejandro”.
Texto de una tarjeta conmemorativa.

 

Alejandro y su gigantesco séquito fueron recibidos en el Antiguo Egipto, la milenaria “tierra negra”, como libertadores épicos. Algunos aficionados a los rumores de callejeo incluso susurraban que Olimpia, su madre, había engendrado con Amón, “el dios oculto” (que llamaban los helénicos Zeus) a este peculiar vengador, al estilo de Horus, que llegaba desde Macedonia a destruir el Imperio Persa, pues así como no pueden haber dos soles en el firmamento tampoco pueden existir dos emperadores bajo el cielo. Y como decía su padre, Filipo II, Macedonia y también Grecia se le quedaban pequeñas

Egipto, cuyo buey sagrado Apis fue mancillado y degollado bajo dominio persa y así por extensión a su ancestral religión secundaria (basada en los animales antropomorfos), era una sociedad teocrática donde sus cultos lo impregnaban viscosamente todo, mezclados con los ciclos estelares y la necesidad de conocer con exactitud cuándo iban a producirse las crecidas del Nilo. Así, en este ambiente de sacerdotes que se depilaban todo el cuerpo (el pelo era impuro) y ceremonas de incienso y mirra, se forjó una resistencia ante el mecanismo devastador y despótico oriental que se encarnaba con el Rey de Reyes, “el que nunca mentía”, monoteísta, que se extendía por el mundo a golpe de monedas de oro: los dáricos fluían de una punta a otra del mundo conocido. La Tierra del Nilo no era la excepción y a pesar de que mantenía algunas colonias griegas firmemente asentadas, sobre todo en el Delta, se veía incapacitada en potenciar sus periódicas revueltas. Pero Alejandro Magno, con vistas a adentrarse por Asia más tarde, penetró triunfante en el camino de rosas, granero del mundo antiguo, que era el país de los faraones. Y se proclamó a sí mismo como tal, lo que causó regocijo en el público y aceptación sin medida. Era lo que habían esperado tanto tiempo y ningún faraoncillo nativo había logrado (el último en el exilio). Alejandro celebró sacrificios a los dioses egipcios (así como luego haría lo mismo en Judea a Yahvé, y en Persia, donde además visitaría la tumba de Ciro). En este particular ecumenismo intentaba unificar todas las religiones: Zeus era Amón y Ahuramazda. Lo mismo había hecho el faraón de un solo dios, Akenatón (Amenofis IV), pero su sucesor Ramsés II acabó con toda la historia.

Después de tantas mutilaciones (en muchos casos literales) de Persia, Egipto se convirtió en la cuna de Alejandría (una de tantas que fueron fundadas), la gran ciudad ideada por Alejandro. Según parece, los constructores empezaron a bosquejar con harina (a falta de tiza) unos trazos que delimitarían las fronteras de la Ciudad. Pero he aquí que unos pajarracos se lanzaron a picar el alimento y pronto se llenó todo de silbidos y graznidos. La caterva de adivinos proclamó que eso significaba que Alejandría sería próspera en el futuro (seguramente para contentar al Rey, que puso mucho énfasis en su cariño por la Ciudad). Y era lógico, porque le daba la oportunidad de controlar las rutas comerciales más importantes del momento.

Y lo cierto es que, a su muerte, el conquistador helénico fue trasladado en un catafalco dorado, con todo lujo de joyas, adornos y columnas desde Babilonia a Egipto, viaje que creó mil leyendas a su paso. Y es que Ptolomeo, general y compañero de Alejandro, había decidido que tanto su residencia como la del Emperador (ya fallecido y embalsamado cuidadosamente) debía localizarse en aquella región enigmática de la Ecúmene por toda la eternidad. Todavía hoy los desiertos de Amón guardan en alguna parte, podemos suponer, la tumba de Alejandro. Siendo custodiada por la dinastía de los Ptolomeos, cuya última exponente fue Cleopatra VII, se cree que pudo haber sido visitada por Julio César en persona, amante de “la suicida del áspid”, por cierto. ¿Descubriremos algún día los restos del discípulo de Aristóteles, Alejandro?

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